Y así llegó la hora de la melancolía.
Tras dos largas horas pensando en ella, me di cuenta que no sucedía nada. Ni hablaba ella, ni lo hacía yo. Solo había un silencio interminable, que con cada segundo, dejaba más rota mi mente.
Por eso, tomé su mano.
Nos vimos a los ojos, y creo que un par de palabras brotaron… Creo. Mis recuerdos no están claros a esta altura de la noche. El vino tiene mis recuerdos más que nublados. Tomé su mano, la levanté, y me siguió. Fuimos al patio, donde ninguno de los dos pudo evitar esbozar una alegre sonrisa, acompañada por unos ojos desenfrenadamente confundidos pero felices.
Otra vez silencio. Pero no era un silencio normal… Era un silencio contento. Así era mi silencio, contento, con ganas de cantar alto, para que el planeta supiera el sentir de mi corazón. Lamentablemente, su silencio no era el mismo. Era un silencio angustiado, tenso, que solo esperaba la oportunidad para escapar.
De esta forma, abrí la boca. Mi lengua dejó escapar esas palabras, que estuvieron escondidas en la garganta por muchos meses… Muchos.
Me miró, y no pudo contener su rostro de extrañeza.
Tal como lo habíamos previsto, se angustió. Solo supo quejarse, solo supo cuestionarse.
Y yo solo supe ver su hermoso rostro.
La pregunta en cuestión no era muy fácil de responder. Ni yo ni ella sabíamos la respuesta… Pero mi afirmación no era útil, solo era un dato más dentro de su vida.
Su relación con el otro ya era real.
Lo nuestro no era más q un par de sonrisas juguetonas.
Así fui a dormir, donde la distracción más interesante fue un jugo de manzana.
Bastante delicioso, pero lamentablemente, no lo suficiente para quitar lo agrio de mis sentidos.
Me gustas, y la seguridad con que se oye solo sirve para que escapes más y más.
lunes, octubre 31, 2005
domingo, octubre 16, 2005
La humildad de las hojas
¡Ni se imaginan! Yo que estaba feliz de la vida contándole a María Esther sobre el romance secreto del príncipe de Jorobalandia con la criada de su esposa, y de repente me doy cuenta que el pequeñín se había ido… O sea, ¡Fue trágico! Solo atiné a correr, a escapar, tal vez me habría tirado en una piscina, y me habría comido un filete con mayonesa, pero no, no era el momento… Debía encontrar a ese pequeño.
Mi vida dependía de ello.
Mi sueldo dependía de ello.
¡Mi almuerzo dependía de ello!
Pero el gran e increíble problema era el siguiente: ¿Dónde diablos podrá estar?
Todo fue hace muchos años, en la tierra natal del pequeño conejo Andrés. Pero como no es la historia del conejo Andrés, no hablaremos del conejo Andrés.
Un niño iba feliz, corriendo por los parques, vestido de manera sencilla y graciosa… Sus zapatos eran lo único sobresaliente, ya que eran demasiado grandes para su pequeña edad, aunque extrañamente le entraban como anillo al dedo. El niño, de no más de 4 años, corría tras las hojas que caían en esa asombrosa tarde de otoño… El viento era novedoso y extraño, no se sentían ventiscas así desde hacía varios años, pero aún así esto no desanimaba al joven. De hecho, lo incentivaba, ya que así caían más y más hojas, de modo que el las podía perseguir y atrapar para luego regalarle las más bonitas a su prima, y a veces a su mamá.
La criada de la familia estaba encargada de cuidar al pequeño niño, pero estaba algo desinteresada en él, y se preocupaba más de cotorrear historias de amores lejanos y príncipes inexistentes con otras señoras de la misma edad en ese parque.
El niño, de nombre Jonás, quería bastante a la criada de la familia, pero de todos modos no le tenía el afecto que le tenía a su prima, o el que le tenía a su misma madre… Por lo mismo, no le prestaba mucha atención (Repito: de todas formas la quería).
Cuando ella le daba el pan en las tardes, cuando lo despertaba en las mañanas para ir a bañarse, cuando le ayudaba a subir a los caballos o cuando le acompañaba a los parques para correr tras las hojas, ahí si que la quería… Pero fuera de este tipo de acciones, no se percataba de su presencia.
Para ser sincero, ella tampoco se preocupó mucho de la presencia de él en ese momento.
Jonás, que perseguía a una grande y desteñida hoja que caía del lado opuesto del árbol, escuchó un extraño murmullo. Pero lo extraño no era el murmullo, sino que el murmullo iba dirigido a él.
No tenía muchos amigos, y con que alguien que no fuera la criada de la casa o su bella prima le hablara, se volvía el humano más feliz en la tierra.
Un niño, un poco más grande que Jonás, de un aspecto algo desaliñado, le señalaba a Jonás que lo siguiera.
Si, créanlo, ni siquiera se conocían y Jonás ya seguía sus órdenes.
Jonás siguió al niño… Pasó por diversos pasajes, sin muchos árboles, y se fue alejando del parque en el cual se encontraba con su criada. Luego de varios minutos de caminata sin parar, el niño que le indicaba el camino se había detenido.
- ¿Cómo te llamas? – Le dijo en un tono algo violento.
- Jonás… Jonás Marga. – Respondió el pequeño, algo dubitativo.
Jonás no sabía por qué había seguido al niño, ni donde se encontraba. Solo sabía una cosa, de la cual se dio cuenta en ese preciso instante: Se encontraba muy lejos del parque donde jugaba con su criada acechándolo. Miro a varios lados, solo veía muros sucios, y unas cuantas puertas algo descuidadas. Notó un pequeño perro vagabundo tirado en una esquina, lamiendo una botella de licor que estaba vacía.
- ¿Tienes dinero? – Dijo el niño, siempre algo exaltado.
- Eh, no… Está todo en mi alcancía.
- … Eres inservible.
Jonás no entendía la situación… ¿Cómo pasó de estar feliz de la vida jugando con esas hojas que caían en forma lenta y graciosa, a encontrarse en semejante basural? Ni notó que ese pequeño rato de caminata fueron casi 20 minutos.
Cuando era un bebé, una vez se perdió en la cocina… Su mamá estaba exaltadísima. Fue muy, muy gracioso… La criada de esos tiempos fue despedida por su mal trabajo. Lo distinto, es que la cocina estaba limpia.
En el parque la criada ya había notado la ausencia de Jonás, y además de asustada, se encontraba algo histérica. Gritaba por todos lados, buscaba y buscaba, pero a pesar de todos sus esfuerzos, jamás lo encontró.
Y así fue, yo estaba solo, solo, muy solo, en medio de la nada. El niño que se veía tan interesante me había dejado solo, y yo estaba ahí, solo, solo, muy solo.
Tomé una hoja, y la tiré al cielo… Obviamente que para que volara pues. Quizás tomaba un buen camino, y al seguirla llegaba al parquecito bonito.
Por desgracia, no pasó así. Solo fue a parar al hocico de un perrito que estaba langüeteando una fea botella.
Ah, dios mío… Sería una dura caída. Un maldito tropezón… Una endemoniada mala suerte.
Tenía dos opciones: O gritar, o huir. Y bueno, huí.
Inservible elección, ya que no podía huir… ¡No tenía a nadie siguiéndome! Ni el perro tenía ganas de seguirme… Era tal vez el ser más triste del mundo.
¿Pero saben qué? Me di cuenta que en verdad el lugar no era tan feo. Había cosas nuevas… Tal vez debía solo aprender a conocerlas.
Cuan dura sería la realidad. Cuan duro sería llegar y encontrarme con que todo volvía a ser igual.
Me saqué mis zapatos, y se los vendí al primer hombre que encontré caminando en las calles… Me miró fijamente, me preguntó por qué las quería vender. Le dije que no lo sabía bien, pero que yo confiaba en que sería mi primer buena inversión. Así, el buen precio de veinte tulipanes me sirvió para ganar el dinero suficiente.
Me encaminé a paso veloz por las calles del sector ese, tomandoles cada vez más el gusto… Eran bonitas, y sus arboles cada vez se volvían más hermosos. Las hojas empezaban a caer, y en realidad empezaba a pensar que lo mejor que podía hacer era vivir ahí con un lindo negocio de muñecos de barro.
Cada vez que daba un paso, aumentaba la velocidad… Cada vez andaba más rápido.
De repente, sin darme cuenta, me encontré corriendo. ¡Así es! Corría y corría… Y con cada pisotón, llegaba más lejos, encontrando la belleza del mundo, la hermosura del lugar.
Hasta que caí.
Tropecé.
Y una mujer me tomó en sus brazos, y me gritó. Me retó.
Era solo el parque… La criada… Y las hojas, que seguían cayendo.
Mi vida dependía de ello.
Mi sueldo dependía de ello.
¡Mi almuerzo dependía de ello!
Pero el gran e increíble problema era el siguiente: ¿Dónde diablos podrá estar?
Todo fue hace muchos años, en la tierra natal del pequeño conejo Andrés. Pero como no es la historia del conejo Andrés, no hablaremos del conejo Andrés.
Un niño iba feliz, corriendo por los parques, vestido de manera sencilla y graciosa… Sus zapatos eran lo único sobresaliente, ya que eran demasiado grandes para su pequeña edad, aunque extrañamente le entraban como anillo al dedo. El niño, de no más de 4 años, corría tras las hojas que caían en esa asombrosa tarde de otoño… El viento era novedoso y extraño, no se sentían ventiscas así desde hacía varios años, pero aún así esto no desanimaba al joven. De hecho, lo incentivaba, ya que así caían más y más hojas, de modo que el las podía perseguir y atrapar para luego regalarle las más bonitas a su prima, y a veces a su mamá.
La criada de la familia estaba encargada de cuidar al pequeño niño, pero estaba algo desinteresada en él, y se preocupaba más de cotorrear historias de amores lejanos y príncipes inexistentes con otras señoras de la misma edad en ese parque.
El niño, de nombre Jonás, quería bastante a la criada de la familia, pero de todos modos no le tenía el afecto que le tenía a su prima, o el que le tenía a su misma madre… Por lo mismo, no le prestaba mucha atención (Repito: de todas formas la quería).
Cuando ella le daba el pan en las tardes, cuando lo despertaba en las mañanas para ir a bañarse, cuando le ayudaba a subir a los caballos o cuando le acompañaba a los parques para correr tras las hojas, ahí si que la quería… Pero fuera de este tipo de acciones, no se percataba de su presencia.
Para ser sincero, ella tampoco se preocupó mucho de la presencia de él en ese momento.
Jonás, que perseguía a una grande y desteñida hoja que caía del lado opuesto del árbol, escuchó un extraño murmullo. Pero lo extraño no era el murmullo, sino que el murmullo iba dirigido a él.
No tenía muchos amigos, y con que alguien que no fuera la criada de la casa o su bella prima le hablara, se volvía el humano más feliz en la tierra.
Un niño, un poco más grande que Jonás, de un aspecto algo desaliñado, le señalaba a Jonás que lo siguiera.
Si, créanlo, ni siquiera se conocían y Jonás ya seguía sus órdenes.
Jonás siguió al niño… Pasó por diversos pasajes, sin muchos árboles, y se fue alejando del parque en el cual se encontraba con su criada. Luego de varios minutos de caminata sin parar, el niño que le indicaba el camino se había detenido.
- ¿Cómo te llamas? – Le dijo en un tono algo violento.
- Jonás… Jonás Marga. – Respondió el pequeño, algo dubitativo.
Jonás no sabía por qué había seguido al niño, ni donde se encontraba. Solo sabía una cosa, de la cual se dio cuenta en ese preciso instante: Se encontraba muy lejos del parque donde jugaba con su criada acechándolo. Miro a varios lados, solo veía muros sucios, y unas cuantas puertas algo descuidadas. Notó un pequeño perro vagabundo tirado en una esquina, lamiendo una botella de licor que estaba vacía.
- ¿Tienes dinero? – Dijo el niño, siempre algo exaltado.
- Eh, no… Está todo en mi alcancía.
- … Eres inservible.
Jonás no entendía la situación… ¿Cómo pasó de estar feliz de la vida jugando con esas hojas que caían en forma lenta y graciosa, a encontrarse en semejante basural? Ni notó que ese pequeño rato de caminata fueron casi 20 minutos.
Cuando era un bebé, una vez se perdió en la cocina… Su mamá estaba exaltadísima. Fue muy, muy gracioso… La criada de esos tiempos fue despedida por su mal trabajo. Lo distinto, es que la cocina estaba limpia.
En el parque la criada ya había notado la ausencia de Jonás, y además de asustada, se encontraba algo histérica. Gritaba por todos lados, buscaba y buscaba, pero a pesar de todos sus esfuerzos, jamás lo encontró.
Y así fue, yo estaba solo, solo, muy solo, en medio de la nada. El niño que se veía tan interesante me había dejado solo, y yo estaba ahí, solo, solo, muy solo.
Tomé una hoja, y la tiré al cielo… Obviamente que para que volara pues. Quizás tomaba un buen camino, y al seguirla llegaba al parquecito bonito.
Por desgracia, no pasó así. Solo fue a parar al hocico de un perrito que estaba langüeteando una fea botella.
Ah, dios mío… Sería una dura caída. Un maldito tropezón… Una endemoniada mala suerte.
Tenía dos opciones: O gritar, o huir. Y bueno, huí.
Inservible elección, ya que no podía huir… ¡No tenía a nadie siguiéndome! Ni el perro tenía ganas de seguirme… Era tal vez el ser más triste del mundo.
¿Pero saben qué? Me di cuenta que en verdad el lugar no era tan feo. Había cosas nuevas… Tal vez debía solo aprender a conocerlas.
Cuan dura sería la realidad. Cuan duro sería llegar y encontrarme con que todo volvía a ser igual.
Me saqué mis zapatos, y se los vendí al primer hombre que encontré caminando en las calles… Me miró fijamente, me preguntó por qué las quería vender. Le dije que no lo sabía bien, pero que yo confiaba en que sería mi primer buena inversión. Así, el buen precio de veinte tulipanes me sirvió para ganar el dinero suficiente.
Me encaminé a paso veloz por las calles del sector ese, tomandoles cada vez más el gusto… Eran bonitas, y sus arboles cada vez se volvían más hermosos. Las hojas empezaban a caer, y en realidad empezaba a pensar que lo mejor que podía hacer era vivir ahí con un lindo negocio de muñecos de barro.
Cada vez que daba un paso, aumentaba la velocidad… Cada vez andaba más rápido.
De repente, sin darme cuenta, me encontré corriendo. ¡Así es! Corría y corría… Y con cada pisotón, llegaba más lejos, encontrando la belleza del mundo, la hermosura del lugar.
Hasta que caí.
Tropecé.
Y una mujer me tomó en sus brazos, y me gritó. Me retó.
Era solo el parque… La criada… Y las hojas, que seguían cayendo.
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