Es sorprendente el hecho de que la simple aparición de un pueblo en la vida de un joven tan extraño como este, pueda causar en el joven tamaña cantidad de cambios tan grandiosos y esplendorosos, simulando un gran tolchoquear de miles de hombres, pero al mismo instante, milimétricos, basados en diminutos detalles, tomando en cuenta que este pudoroso malchico ya se ha acostumbrado a la aparición en esos pueblitos mágicos e intrigantes, es de lo más sorprendente que he logrado hallar en estos recónditos lugares del planeta tierra.
Tanto como cuando vas por la calle caminando y te encuentras con esos vecos chelovecos que caminan de manera incansable por las avenidas principales, en búsqueda de una mujer bonita y de anatomía agradable, como esos niños que van con sus starrios abuelos por las calles, rumbo a ferias y a tiendas de cachivaches por módicas sumas como mil pesos, tienen su mente puesta fija en una cosa: Su objetivo. Ese objetivo es lo que a todos nosotros nos lleva a dar los grandes pasos, que nos conducen más lejos y que nos hacen crecer y madurar.
Pobre joven, el y sus drugos no estaban preparados para la estampida que estaría sobre ellos. Más bien, él no estaría preparando, ya que sus drugos serían los principales encargados de traicionarlo y dejarlo atrás.
Y esta maldita introducción no tiene más sentido que llegar a lo central: La debochca malvada y malévola, que con su hermosa talla y su muy suave schiya, simplemente atrapa al joven cheloveco para llevarlo a un mundo de fantasías y sueños que solo podrán ver luz cuando note la falsedad y la estrepitosa mentira que contiene esa relación llena de palabrería y chumchumeo.
¿Que sucederá con esta perversa debochca?
Solo el odinoco personaje principal es capaz de saber que sucederá… Pero de todos modos, solo hay una conclusión para este parrafo sin sentido y sin claridad:
Algarrobo is for lovers.
Al que le interese, las palabras en letra italica están extraídas del diccionario nadsat de "La Naranja Mecánica"... El que tenga ganas de entender el texto, porfavor dirigase a su biblioteca más cercana y compre el libro, o simplemente busque el diccionario en internet.
Recomiendo más la alternativa del libro.
domingo, julio 31, 2005
sábado, julio 23, 2005
Inviernos y coquetería.
El pequeñín estaba ahí... Parado. No tenía idea de que pasaba. Quería llorar y correr... pero algo se lo impedía. Eran las 7 de la tarde, y Eugenio solo se movería en el caso de que supiera todo lo que quería saber.
Sin embargo, no pasaba nada.
Él la miraba fijamente a los ojos... Esperaba su respuesta. Nunca había dicho nada igual, ni siquiera a su mamá, a pesar de que ella era la persona en la que más confiaba de todo el planeta.
Y seguía esperando, y viéndola fijamente... Siendo que ella no le decía nada. Solo miraba al suelo con ojos de tristeza y angustia. Solo trataba de correr hasta muy lejos, más allá de la casa de su tío, más allá que el colegio de su hermana... Más lejos que nunca.
Pasaron ya 5 minutos y Eugenio se aburrió. Se dio cuenta que jamás debió hacerlo.
- Cata, mejor me voy. – le dijo. Escondía todos sus sentimientos.
Ella no le respondió... Se quedo inmóvil. No entendía nada... No entendía por qué, ni como. Solamente sabía que no era justo... No era justo para él. Sabía que si le decía todo lo que sentía por él, él no estaría contento. De hecho... Sabía que si se lo decía, él podría reaccionar de la peor forma del mundo.
- ¿Por qué me dices eso Eugenio? ¿Me quieres?
- Si... Te quiero. Creo que nunca se lo dije a nadie. Ni a mi mami...
- Oh... Muchas gracias.
En ese instante él se dio cuenta de todo. Ella no lo quería como él a ella. Sus sentimientos no eran más que un chiste.
Eugenio quería gritar. Correr. Escapar. Pero ya había hablado.
Catalina... Ella solo pensaba en que hacer para que el no se sintiera mal.
Se encontraban inmóviles. No movían un solo pelo... hasta que de repente algo pasó en la mente de Eugenio. Él se acerco a ella, la abrazo, y luego se subió a su bicicleta y se marcho. Luego, llego a su casa, le dio un ultimo vistazo al vecindario, y entro.
Era el día de la mudanza...
Tras esa tarde, jamás la volvió a ver.
Sin embargo, no pasaba nada.
Él la miraba fijamente a los ojos... Esperaba su respuesta. Nunca había dicho nada igual, ni siquiera a su mamá, a pesar de que ella era la persona en la que más confiaba de todo el planeta.
Y seguía esperando, y viéndola fijamente... Siendo que ella no le decía nada. Solo miraba al suelo con ojos de tristeza y angustia. Solo trataba de correr hasta muy lejos, más allá de la casa de su tío, más allá que el colegio de su hermana... Más lejos que nunca.
Pasaron ya 5 minutos y Eugenio se aburrió. Se dio cuenta que jamás debió hacerlo.
- Cata, mejor me voy. – le dijo. Escondía todos sus sentimientos.
Ella no le respondió... Se quedo inmóvil. No entendía nada... No entendía por qué, ni como. Solamente sabía que no era justo... No era justo para él. Sabía que si le decía todo lo que sentía por él, él no estaría contento. De hecho... Sabía que si se lo decía, él podría reaccionar de la peor forma del mundo.
- ¿Por qué me dices eso Eugenio? ¿Me quieres?
- Si... Te quiero. Creo que nunca se lo dije a nadie. Ni a mi mami...
- Oh... Muchas gracias.
En ese instante él se dio cuenta de todo. Ella no lo quería como él a ella. Sus sentimientos no eran más que un chiste.
Eugenio quería gritar. Correr. Escapar. Pero ya había hablado.
Catalina... Ella solo pensaba en que hacer para que el no se sintiera mal.
Se encontraban inmóviles. No movían un solo pelo... hasta que de repente algo pasó en la mente de Eugenio. Él se acerco a ella, la abrazo, y luego se subió a su bicicleta y se marcho. Luego, llego a su casa, le dio un ultimo vistazo al vecindario, y entro.
Era el día de la mudanza...
Tras esa tarde, jamás la volvió a ver.
martes, julio 05, 2005
Un sabado de sorpresas y especulaciones. 3ra Sesión.
Martín abrió la puerta, nos dirigió una mirada algo rápida, y nos hizo una indicación para que entráramos a su hogar. Yo y Kito entramos sin preguntar ni saludar, pero cuando pasamos la puerta principal y nos encontrábamos al interior de la casa, Martín nos dirigió la palabra:
- Saluden a mi papá y a mi hermana. Son los únicos en casa, pero de todos modos así pasará todo más desapercibido.
Sin cuestionarnos, le hicimos caso. Caminamos rumbo al living, donde estaba su padre, al cual saludamos en forma cariñosa. Después de todo, el había reparado el auto de nuestro amigo, que ahora nos sería de gran utilidad. Luego, en el camino hacia la pieza de nuestro anfitrión, nos cruzamos con su hermana, quien también fue saludada por nosotros.
Cuando llegamos a la habitación, comenzó la conversación con Martín.
- ¿Tienes todo listo?
- Si, todo. Podemos irnos tranquilamente, no se me olvidó nada. – Dijo Martín.
Este tipo, Martín, se caracterizaba por su cuerpo de bajo tamaño, pero que al mismo tiempo era fornido, ancho y tosco. Incluso a veces podía parecer imponente… Cuando realmente estaba enojado. De todos modos, no era tan agresivo. Le gustaba mucho hacer payasadas en los momentos de relajo, y hacer reír a sus amigos.
Lamentablemente, este no era uno de esos momentos.
Se puso la mochila al hombro, y tras este corto e inútil tiempo en su casa, nos encaminamos a la salida. En el camino nos despedimos de su familia, ritual ya habitual siempre que se asistía a su hogar.
Abrió la camioneta, nos subimos, y empezamos a andar. Lamentablemente, la lluvia persistía, y los vidrios estaban tan empañados que no se podía ver nada hacia los lados. Pero la visión frontal era expedita, así que no había problemas respecto a aquello. Tomamos avenida Tomás Moro, hasta llegar a Bilbao, donde doblamos a la derecha, en dirección a Vespucio.
El auto tenía cierto mal olor, que realmente no me gustaba mucho, pero era lo que había que soportar para estar ahí. Lamentablemente, Kito no lo contenía, y sudaba, y producía unas expresiones faciales bastante retorcidas, en las que claramente demostraba su descontento. Tuve que darle una de esas miradas molestas para que se percatara de su desatinación, y así cambió esa expresión al instante.
Tuvimos que parar a una bencinera, ya que el auto estaba falto de gasolina. Martín me pidió algo de dinero, y tuve que darle tres mil pesos… Era poco, pero si gastaba el resto, no tendría el monto necesitado para el momento indicado.
Yo bajé, entré al minimarket, y en vez de dirigirme hacia la sección de bebidas alcohólicas y de mentas o chicles, fui directo a la caja. Me agaché, tomé un rico Súper Ocho 2.0, y lo compré.
No hay nada como el placer que produce el comer un súper ocho… Incalculable, para cualquier científico cerrado en las posibilidades matemáticas del placer.
Me senté, y entró Martín, que había estacionado su auto para comprar alguna provisión. Compró un hot dog, y se sentó a mi lado, empezando a engullirlo. Mientras tanto, Kito estaba ensimismado viendo los últimos datos de la revista Club Nintendo, cosa que realmente me avergüenza cuando estoy con él.
Martín me miró, y me dirigió la palabra:
- ¿Crees que todo saldrá en forma correcta? No sería primera vez que fallamos, y realmente me preocupa esto de la lluvia. Podría echarlo todo a perder.
- No te preocupes, no pasará nada. Llevamos todo bien guardado, y los negociantes dijeron que no iban a faltar… ¿O no?
- Tienes toda la razón, nada puede salir mal.
Cuando Martín terminó de decir eso, Kito me dijo en voz alta algo que me dio bastante vergüenza:
- ¡Hey! ¿Viste que salió un nuevo Zelda? Se ve bastante entretenido… Le diré a mi mamá que me lo regale para navidad.
- ¿Te podrías callar por un minuto? Eres vergonzoso… Ciertamente, me carga cuando hablas de toda esa mierda.
- Pero si cuando éramos pequeños siempre me invitabas a jugar play…
- No importa, eso ya pasó. Estamos en negocios, ¿Es que no te das cuenta? Maldito, ubícate.
- Tranquilo, si solo fue una equivocación – Dijo Martín, tratando de calmarme. Ciertamente, me estaba exaltando mucho para lo desapercibidos que habíamos pasado.
Terminé mi súper ocho, boté el papel, y salí al estacionamiento. Esperé a mis dos colegas, subimos, y emprendimos, nuevamente rumbo a Vespucio.
Llegando ya a la avenida, Martín me dijo algo sobre un arma… Simplemente, lo pasé en alto... Debió de haber sido una especie de chiste, o algo por el estilo.
Lamentablemente, cinco segundos más tarde, el auto se encontraba chocando con un poste, yo estaba manchado en sangre, Martín había perdido la conciencia, y atrás mío, Kito tenía una bala en la cabeza.
Hijos de puta.
Tonight, i'm a rock n' roll star.
- Saluden a mi papá y a mi hermana. Son los únicos en casa, pero de todos modos así pasará todo más desapercibido.
Sin cuestionarnos, le hicimos caso. Caminamos rumbo al living, donde estaba su padre, al cual saludamos en forma cariñosa. Después de todo, el había reparado el auto de nuestro amigo, que ahora nos sería de gran utilidad. Luego, en el camino hacia la pieza de nuestro anfitrión, nos cruzamos con su hermana, quien también fue saludada por nosotros.
Cuando llegamos a la habitación, comenzó la conversación con Martín.
- ¿Tienes todo listo?
- Si, todo. Podemos irnos tranquilamente, no se me olvidó nada. – Dijo Martín.
Este tipo, Martín, se caracterizaba por su cuerpo de bajo tamaño, pero que al mismo tiempo era fornido, ancho y tosco. Incluso a veces podía parecer imponente… Cuando realmente estaba enojado. De todos modos, no era tan agresivo. Le gustaba mucho hacer payasadas en los momentos de relajo, y hacer reír a sus amigos.
Lamentablemente, este no era uno de esos momentos.
Se puso la mochila al hombro, y tras este corto e inútil tiempo en su casa, nos encaminamos a la salida. En el camino nos despedimos de su familia, ritual ya habitual siempre que se asistía a su hogar.
Abrió la camioneta, nos subimos, y empezamos a andar. Lamentablemente, la lluvia persistía, y los vidrios estaban tan empañados que no se podía ver nada hacia los lados. Pero la visión frontal era expedita, así que no había problemas respecto a aquello. Tomamos avenida Tomás Moro, hasta llegar a Bilbao, donde doblamos a la derecha, en dirección a Vespucio.
El auto tenía cierto mal olor, que realmente no me gustaba mucho, pero era lo que había que soportar para estar ahí. Lamentablemente, Kito no lo contenía, y sudaba, y producía unas expresiones faciales bastante retorcidas, en las que claramente demostraba su descontento. Tuve que darle una de esas miradas molestas para que se percatara de su desatinación, y así cambió esa expresión al instante.
Tuvimos que parar a una bencinera, ya que el auto estaba falto de gasolina. Martín me pidió algo de dinero, y tuve que darle tres mil pesos… Era poco, pero si gastaba el resto, no tendría el monto necesitado para el momento indicado.
Yo bajé, entré al minimarket, y en vez de dirigirme hacia la sección de bebidas alcohólicas y de mentas o chicles, fui directo a la caja. Me agaché, tomé un rico Súper Ocho 2.0, y lo compré.
No hay nada como el placer que produce el comer un súper ocho… Incalculable, para cualquier científico cerrado en las posibilidades matemáticas del placer.
Me senté, y entró Martín, que había estacionado su auto para comprar alguna provisión. Compró un hot dog, y se sentó a mi lado, empezando a engullirlo. Mientras tanto, Kito estaba ensimismado viendo los últimos datos de la revista Club Nintendo, cosa que realmente me avergüenza cuando estoy con él.
Martín me miró, y me dirigió la palabra:
- ¿Crees que todo saldrá en forma correcta? No sería primera vez que fallamos, y realmente me preocupa esto de la lluvia. Podría echarlo todo a perder.
- No te preocupes, no pasará nada. Llevamos todo bien guardado, y los negociantes dijeron que no iban a faltar… ¿O no?
- Tienes toda la razón, nada puede salir mal.
Cuando Martín terminó de decir eso, Kito me dijo en voz alta algo que me dio bastante vergüenza:
- ¡Hey! ¿Viste que salió un nuevo Zelda? Se ve bastante entretenido… Le diré a mi mamá que me lo regale para navidad.
- ¿Te podrías callar por un minuto? Eres vergonzoso… Ciertamente, me carga cuando hablas de toda esa mierda.
- Pero si cuando éramos pequeños siempre me invitabas a jugar play…
- No importa, eso ya pasó. Estamos en negocios, ¿Es que no te das cuenta? Maldito, ubícate.
- Tranquilo, si solo fue una equivocación – Dijo Martín, tratando de calmarme. Ciertamente, me estaba exaltando mucho para lo desapercibidos que habíamos pasado.
Terminé mi súper ocho, boté el papel, y salí al estacionamiento. Esperé a mis dos colegas, subimos, y emprendimos, nuevamente rumbo a Vespucio.
Llegando ya a la avenida, Martín me dijo algo sobre un arma… Simplemente, lo pasé en alto... Debió de haber sido una especie de chiste, o algo por el estilo.
Lamentablemente, cinco segundos más tarde, el auto se encontraba chocando con un poste, yo estaba manchado en sangre, Martín había perdido la conciencia, y atrás mío, Kito tenía una bala en la cabeza.
Hijos de puta.
Tonight, i'm a rock n' roll star.
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