Horas antes, ni imaginaba lo que el cruel destino deparaba. Era solo cuestión de tiempo para que mi plan, junto a todo lo que él conllevaba, se fuera a las pailas. ¿Cómo habría imaginado que ese joven iba a terminar siendo mi más grande aliado? Impensable, ni Da Vinci hubiera podido sacar semejantes deducciones.
Al despertar aquel sábado, me propuse llevar a cabo toda la misión. Al pie de la letra debían ser seguidos todos los pasos, ya que así ataría un montón de cabos sueltos difíciles de armar. Corrí las sabanas, me senté sobre la cama y, acto seguido, me levanté… Estiré un poco mi cuerpo, claro está, pero aún así no pude sacarme esos nudos malditos que me azotan desde hace unas cuantas semanas.
Abrí la llave de la ducha, que maliciosamente estaba más fría de lo normal, luego me duché y vestí. Me apliqué los perfumes indicados, encendí el computador para verificar unos datos en el Internet, revisé las debidas fichas, luego apagué esa maquina y abrí el refrigerador. No se veía mal, un pan con jamón y queso preparado en la rica sandwichera habría sido un manjar… Pero lamentablemente, había poco tiempo, así que decidí optar por el clásico Manjarate. Cuando terminé de saborear este manjar (Si, literalmente, manjar) de dioses, me encaminé hacia la puerta. Obviamente, en el camino hacia la puerta de salida saqué mi celular y mi billetera.
Antes de abrir la puerta revisé mi aroma… Era bastante rico, ya que la colonia había adornado bastante a ese asqueroso olor a sopaipilla que siempre han tenido mis axilas.
Cuando ya estaba abierta la puerta, divisé un gran problema para la misión: Llovía, y mi hermosa ropa (la cual no puedo decir que es cara, pero por suerte aparenta serlo) iba a ser empapada por unas malditas gotas de un inesperado temporal.
“Maldita sea, más trabajo”. Tuve que devolverme, buscar el paraguas en el closet para luego volver a salir.
Ahora que si me encontraba listo ante cualquier problema, salí al encuentro de mi aliado. Cerré la puerta con llave, caminé hasta el pórtico y luego tuve que realizar el mismo procedimiento de la llave, pero ahora con la reja de mi hogar.
- Hola huevón, ¿Cómo estás? – Dijo el gordo.
- Re bien… Algo estresado. Oye, ¿Cómo huelo?
- Nada fuera de lo común. Al menos lograste anular el olor a sopaipilla
- Fue bastante difícil, – Repliqué. – Pero finalmente lo logré. ¿Y tu paraguas? ¿O acaso esperas que te preste el mío?
- Es un poco obvio, ¿No crees? – Balbuceó, ciertamente con algunas dificultades ya que un extraño chicle le hacía difícil el pronunciar en forma correcta las palabras.
Lamentablemente el gordinflón hablaba en serio, y tuve que acarrearlo hasta el paradero de la micro con mi paraguas, tomando en cuenta que el infeliz usaba más de el 50% del espacio. Me mojé como pocas veces.
- Tengo hambre.
- Y yo estoy algo ansioso, metete tu hambre por el ano. – Respondí sin vacilar. Estaba un tanto aletargado.
- Ah, me carga cuando te pones así. Nos conocemos desde los 12 años, no te pongas imbecil ahora…
- Cállate, no me vengas con esa mierda. Hay que hacer las cosas rapido, así que o te mueres de hambre, o te comes tus brazos, pero lo que es yo, me importa un ano tu hambre. – Repetí.
Al cabo de unos 20 minutos de espera bajo esa molesta lluvia, llegó la micro. Un viejo un tanto pomposo era quien manejaba el bus, y realmente fue un tanto molesto el roce que se produjo al quitarle el boleto.
Las ansias me comían, y el sudor empezaba a molestarme al minuto de ver el reloj… Y este puto gordo nunca se callaba.
martes, junio 14, 2005
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