miércoles, junio 15, 2005

Un sabado de sorpresas y especulaciones. 2da Sesión.

Llevábamos ya unos 15 minutos en la micro, cuando subió el clásico vendedor ambulante. Traía dulces al por doquier, y todos a 100 pesos. El repertorio contaba con Golazos, Súper Ochos, Alfajores y un combo de 5 calugones pelayo por el precio antes mencionado. Lamentablemente para él, a mi no me interesaban sus compras… Pero al zopenco que se encontraba al lado mío si le interesaban.
Se metió sus robustas manos al bolsillo, sacó 300 pesos, hizo chasquear sus dedos, y al cabo de unos dos segundos el vendedorcillo ya se encontraba junto a nosotros.
- Un súper ocho y diez calugones pelayos por favor. – Dijo mi robusto amigo.
- Son tres gambitas compadre. – Le respondió el humilde vendedor.
- Acá tienes, ahora dame la comida.
- ¡Muchas gracias socio! – Comentó finalmente el vendedor, y le entregó al gordo los dulces que le acababa de vender.
Sin pensarlo dos veces, apenas tuvo la comida en su poder, el gordo escupió el chicle que tenía en su boca por la ventana, y luego inició la comilona, partiendo con dos calugas a la vez.
Como verán, mi amigo es algo adicto a estos dulces, pero tampoco deja escapar la oportunidad de comer un rico súper ocho.
Así, mientras mi amigo degustaba los confites, noté que ya no había clientes para el vendedor, por lo que se quedó junto a nosotros y se sentó en el asiento de el frente. Por un momento me imaginé que bajaría en la siguiente parada, pero desafortunadamente, se quedó, y más encima se puso a conversar con mi amigo.
- Oiga compadre, ¿Y usted a donde va?
- ¿Me hablas a mí? – Le respondió mi insaciable amigo, mientras lamía un asqueroso pedazo de un calugón.
- Obvio pues compadrito, si aquí al ladito es el único que tengo para parlar poh’. Y bueno, ¿Para donde va?
- Un poquito más para allá… A Tomás Moro con Colon. ¿Tú?
- Chita usted se queda acá en las casitas del barrio alto… No compadrito yo voy para Puente, así que tomaré esta micro hasta Vicuña con La Alameda y luego me viro para el hogar en otra micreli.
- Mira tú.
Por suerte para mis asqueados oídos, la conversación se acabó ahí, ya que estábamos a instantes de llegar a Colon. Le pegué una palmada en el hombro al obeso, me levanté, y esperé a que el también lo hiciera para bajar.
Cuando pisé el último escalón de la puerta de salida, miré hacia adentro y noté una cierta expresión de tristeza en la cara del vendedor.
Una vez abajo, le paré los carros instantáneamente a mi colega.
- Kito, ¿Cómo se te ocurre conversar con un tipo como ese? ¿Estás loco?
- Pero… Si no era un cretino, si es eso lo que piensas. Era bastante amable.
- No me importa, tenía cara de ser uno de esos tipos que se dedican a robar en las micros a la gente, después de darles confianza con una conversa amena… Quien sabe, te podría haber dejado hasta sin ropa, en las calles.
- Tú sabes que eso no pasaría, ya que tú estabas ahí conmigo.
Kito, conocido en el registro civil como Camilo Hernández… Nos conocemos desde los 12 años, y desde que lo conozco nunca aprendió a defenderse solo. Siempre me he tenido que encargar de hacer que la gente lo respete, ya que es un tanto temeroso e ingenuo.
Cuando éramos unos niños, recuerdo que el resto de los mañosos del barrio siempre le robaban sus canicas, y por ende, yo tenía que ir a recuperarlas unas horas después, ya que si no lo hacía tenía que aguantarme horas de llanto de Kito.
Siempre fue gordo… Y siempre fue adicto a los calugones pelayos. Será ingenuo, pero cuando se trata de esas calugas del demonio, es imposible que alguien lo estafe.
Tras esa corta conversación, nos dirigimos sin preguntarnos hacia el hogar de Martín. El tenía un automóvil, instrumento indispensable para el desarrollo la misión.
Luego de un corto minuto de caminata, llegamos a la entrada de su casa, la cual estaba un tanto demacrada… La lluvia había desprendido gran parte de la corteza podrida de su reja de madera, y había varios huecos en la misma. Cualquier ladronzuelo de segunda podría pasar esa barrera, sin tomar en cuenta que jamás sobrevivirían adentro.
Kito me dirigió una mirada un tanto angustiada y apresurada, la cual yo entendí de inmediato, y toqué el timbre de la casucha de Martín. Pasaron varios minutos, y el infeliz no abría, y me empecé a impacientar.
Solo quedaba gritar un par de veces… Unos cuantos “Alo” arreglarían el asunto.



















pd: Un saludo para todo el mundo... y no está de más decir, que el que se quiera unir a este blogspot para poner sus lindos escritos, será aceptado... Es cosa de que me avise.
Muchos besitos y abrazos para todos!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"Cualquier ladronzuelo de segunda podría pasar esa barrera, sin tomar en cuenta que jamás sobrevivirían adentro" hahahaha xD muy weno, aunke ¬¬
es verdad nadie sobreviviria ante mi furia xD

Anónimo dijo...

ta bkn ;)
jo bartitou, sigue escribiendo ta bkn la historia =P, me kage d la risa cuando cache k el gordito era kito xD jajaja
ia baarto, cuidate
se te kere muchito ;)
saludos! y abrazous!
Aioooo

Anónimo dijo...

Piojo:
oye puta ya sabis..muy wenas tus weas..ahora la dura me tengo que ir:P..
la dura que cuando leo estas weas..me dan ganas de escribir otra vez..pero nahhh XD
feelo..tu sigue que legarás lejos:P
besos cuiate..
chauu!!;);)n_N