Martín abrió la puerta, nos dirigió una mirada algo rápida, y nos hizo una indicación para que entráramos a su hogar. Yo y Kito entramos sin preguntar ni saludar, pero cuando pasamos la puerta principal y nos encontrábamos al interior de la casa, Martín nos dirigió la palabra:
- Saluden a mi papá y a mi hermana. Son los únicos en casa, pero de todos modos así pasará todo más desapercibido.
Sin cuestionarnos, le hicimos caso. Caminamos rumbo al living, donde estaba su padre, al cual saludamos en forma cariñosa. Después de todo, el había reparado el auto de nuestro amigo, que ahora nos sería de gran utilidad. Luego, en el camino hacia la pieza de nuestro anfitrión, nos cruzamos con su hermana, quien también fue saludada por nosotros.
Cuando llegamos a la habitación, comenzó la conversación con Martín.
- ¿Tienes todo listo?
- Si, todo. Podemos irnos tranquilamente, no se me olvidó nada. – Dijo Martín.
Este tipo, Martín, se caracterizaba por su cuerpo de bajo tamaño, pero que al mismo tiempo era fornido, ancho y tosco. Incluso a veces podía parecer imponente… Cuando realmente estaba enojado. De todos modos, no era tan agresivo. Le gustaba mucho hacer payasadas en los momentos de relajo, y hacer reír a sus amigos.
Lamentablemente, este no era uno de esos momentos.
Se puso la mochila al hombro, y tras este corto e inútil tiempo en su casa, nos encaminamos a la salida. En el camino nos despedimos de su familia, ritual ya habitual siempre que se asistía a su hogar.
Abrió la camioneta, nos subimos, y empezamos a andar. Lamentablemente, la lluvia persistía, y los vidrios estaban tan empañados que no se podía ver nada hacia los lados. Pero la visión frontal era expedita, así que no había problemas respecto a aquello. Tomamos avenida Tomás Moro, hasta llegar a Bilbao, donde doblamos a la derecha, en dirección a Vespucio.
El auto tenía cierto mal olor, que realmente no me gustaba mucho, pero era lo que había que soportar para estar ahí. Lamentablemente, Kito no lo contenía, y sudaba, y producía unas expresiones faciales bastante retorcidas, en las que claramente demostraba su descontento. Tuve que darle una de esas miradas molestas para que se percatara de su desatinación, y así cambió esa expresión al instante.
Tuvimos que parar a una bencinera, ya que el auto estaba falto de gasolina. Martín me pidió algo de dinero, y tuve que darle tres mil pesos… Era poco, pero si gastaba el resto, no tendría el monto necesitado para el momento indicado.
Yo bajé, entré al minimarket, y en vez de dirigirme hacia la sección de bebidas alcohólicas y de mentas o chicles, fui directo a la caja. Me agaché, tomé un rico Súper Ocho 2.0, y lo compré.
No hay nada como el placer que produce el comer un súper ocho… Incalculable, para cualquier científico cerrado en las posibilidades matemáticas del placer.
Me senté, y entró Martín, que había estacionado su auto para comprar alguna provisión. Compró un hot dog, y se sentó a mi lado, empezando a engullirlo. Mientras tanto, Kito estaba ensimismado viendo los últimos datos de la revista Club Nintendo, cosa que realmente me avergüenza cuando estoy con él.
Martín me miró, y me dirigió la palabra:
- ¿Crees que todo saldrá en forma correcta? No sería primera vez que fallamos, y realmente me preocupa esto de la lluvia. Podría echarlo todo a perder.
- No te preocupes, no pasará nada. Llevamos todo bien guardado, y los negociantes dijeron que no iban a faltar… ¿O no?
- Tienes toda la razón, nada puede salir mal.
Cuando Martín terminó de decir eso, Kito me dijo en voz alta algo que me dio bastante vergüenza:
- ¡Hey! ¿Viste que salió un nuevo Zelda? Se ve bastante entretenido… Le diré a mi mamá que me lo regale para navidad.
- ¿Te podrías callar por un minuto? Eres vergonzoso… Ciertamente, me carga cuando hablas de toda esa mierda.
- Pero si cuando éramos pequeños siempre me invitabas a jugar play…
- No importa, eso ya pasó. Estamos en negocios, ¿Es que no te das cuenta? Maldito, ubícate.
- Tranquilo, si solo fue una equivocación – Dijo Martín, tratando de calmarme. Ciertamente, me estaba exaltando mucho para lo desapercibidos que habíamos pasado.
Terminé mi súper ocho, boté el papel, y salí al estacionamiento. Esperé a mis dos colegas, subimos, y emprendimos, nuevamente rumbo a Vespucio.
Llegando ya a la avenida, Martín me dijo algo sobre un arma… Simplemente, lo pasé en alto... Debió de haber sido una especie de chiste, o algo por el estilo.
Lamentablemente, cinco segundos más tarde, el auto se encontraba chocando con un poste, yo estaba manchado en sangre, Martín había perdido la conciencia, y atrás mío, Kito tenía una bala en la cabeza.
Hijos de puta.
Tonight, i'm a rock n' roll star.
martes, julio 05, 2005
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2 comentarios:
loco :O! que trajico
pero... no entendi el final XD
Excelente
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