sábado, julio 23, 2005

Inviernos y coquetería.

El pequeñín estaba ahí... Parado. No tenía idea de que pasaba. Quería llorar y correr... pero algo se lo impedía. Eran las 7 de la tarde, y Eugenio solo se movería en el caso de que supiera todo lo que quería saber.
Sin embargo, no pasaba nada.
Él la miraba fijamente a los ojos... Esperaba su respuesta. Nunca había dicho nada igual, ni siquiera a su mamá, a pesar de que ella era la persona en la que más confiaba de todo el planeta.
Y seguía esperando, y viéndola fijamente... Siendo que ella no le decía nada. Solo miraba al suelo con ojos de tristeza y angustia. Solo trataba de correr hasta muy lejos, más allá de la casa de su tío, más allá que el colegio de su hermana... Más lejos que nunca.
Pasaron ya 5 minutos y Eugenio se aburrió. Se dio cuenta que jamás debió hacerlo.
- Cata, mejor me voy. – le dijo. Escondía todos sus sentimientos.
Ella no le respondió... Se quedo inmóvil. No entendía nada... No entendía por qué, ni como. Solamente sabía que no era justo... No era justo para él. Sabía que si le decía todo lo que sentía por él, él no estaría contento. De hecho... Sabía que si se lo decía, él podría reaccionar de la peor forma del mundo.
- ¿Por qué me dices eso Eugenio? ¿Me quieres?
- Si... Te quiero. Creo que nunca se lo dije a nadie. Ni a mi mami...
- Oh... Muchas gracias.
En ese instante él se dio cuenta de todo. Ella no lo quería como él a ella. Sus sentimientos no eran más que un chiste.
Eugenio quería gritar. Correr. Escapar. Pero ya había hablado.
Catalina... Ella solo pensaba en que hacer para que el no se sintiera mal.
Se encontraban inmóviles. No movían un solo pelo... hasta que de repente algo pasó en la mente de Eugenio. Él se acerco a ella, la abrazo, y luego se subió a su bicicleta y se marcho. Luego, llego a su casa, le dio un ultimo vistazo al vecindario, y entro.
Era el día de la mudanza...
Tras esa tarde, jamás la volvió a ver.